La rabia por la vivienda quiere cambiar la política. Es más difícil en un país de propietarios

La crisis en el acceso a la vivienda es el problema social más explosivo de nuestro tiempo. Se ha convertido en la gran causa de toda una generación, por delante de otros desafíos notorios, desde la crisis climática a los efectos de la inteligencia artificial. Y es la cara más sangrante de otros dos dramas conectados: la desigualdad y el aumento del coste de la vida. La ciudad se gentrifica y, mientras desaparecen pequeños negocios en favor de cadenas sin alma, los pisos turísticos van conquistando portales, algunos fondos compran pisos con bicho para dejarlos sin bicho y cada renovación del alquiler implica una subida estratosférica si es que no una invitación a salir por la puerta. La frustración de los jóvenes, que comparten muchos adultos, tiene efectos en nuestro modo de vida: afecta a la edad de emancipación, que hoy en España sobrepasa la treintena, y esto a su vez deprime la natalidad, que está en mínimos. Es terrible que muchos jóvenes piensen que no tendrán una vivienda digna hasta que hereden la de sus padres, que gozan de buena salud. Se ha generado un estado de ánimo muy sombrío en el segmento de edad de la población que debería ser nuestra gran esperanza.


